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Si en nuestras manos está el impedir que los demás, en especial nuestros padres, sufran de una gran tristeza, no pequemos provocándoselas porque Dios nos juzgaría, sobre todo si muriesen de tristeza (Adam y Eva 85:8 TD)
Si en nuestras manos está el impedir que los demás, en especial nuestros padres, sufran de una gran tristeza, no pequemos provocándoselas porque Dios nos juzgaría, sobre todo si muriesen de tristeza (Adam y Eva 85:8 TD)
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